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Opinión
La vacuna rusa y la polémica.
La vacuna rusa y la polémica. — (N&P)

En una entrevista reciente, una periodista le preguntaba a una funcionaria nacional del área de salud: “¿Por qué yo siento que la vacuna rusa es menos confiable que la de Oxford?”.

“Te pasa eso porque lo escuchás en todos los medios”, le retrucó la secretaria a la comunicadora.

Por mucho tiempo, y sobre todo en el período de entreguerras, las teorías de la comunicación postularon que los medios “inyectaban” mensajes direccionados a los espectadores. De esta forma, daban cuenta de los alcances que había tenido y tendría para la posteridad la propaganda política.

Ese modelo se ajustaba al contexto histórico e intelectual de entonces -este último atravesado por las teorías estructuralistas-, pero es casi imposible que pueda comprender y explicar el complejo horizonte tecnológico actual en el que se generan noticias.

Eso quedó claro en el intercambio entre la funcionaria y la periodista, en el que esta última asumió el rol de espectadora por un momento para trasladar el “sentido común” del sentir de la calle, como si este último no hubiera sido cargado previamente por un colega suyo o, quizás, por ella misma.

En un espectro mediático, tecnológico y político que ya no se rige por un mecanismo de estímulo y respuesta unidireccional, la aguja hipodérmica parece actuar a la inversa: son los espectadores quienes, con su carga moral y cosmovisiones, inyectan los canales de comunicación, que luego sólo recogen, organizan, difunden y serializan mensajes que ya habitan y circulan como un discurso social dormido, que se activa según la necesidad.

En el caso de las vacunas, los imaginarios sobre lo ruso, lo soviético y lo comunista vuelven a la escena y se canalizan y se adhieren a un hecho, que luego es presentado como información. Así, la conductora lo único que hace es montarse en un terreno ya preparado para enviar su mensaje, el cual tiene significancia particular para un grupo determinado de espectadores que espera recibirlo.

En algún punto, la ampliación de la base mediática y del acceso a la generación de contenidos pone al público más cerca de dar vuelta la ecuación, ya que ahora son los medios los que sufren su influencia, es decir, se rompe el modelo hipodérmico del emisor activo y el receptor pasivo.

Que la voz del periodista se asemeje a la del espectador no es una táctica inocente. Eso lo sabemos todos. Lo que no saben los comunicadores es que, si se comienzan a parecer demasiado, su rol quedará desdibujado y hasta será reemplazado por las nuevas oleadas del periodismo ciudadano, en crecimiento exponencial.

Las fronteras que antes marcaban las pantallas entre el que dice y el que ve se presentan difuminadas, lo cual no necesariamente significa que los periodistas sean ahora más humanos ni que los ciudadanos sean libres de la influencia de los medios.

*Federico García, licenciado en Letras y periodista.